Primera Filípica de Cayo Tulio Miramolín contra Francisco Rodríguez de Trivago


  • 0

    Antes de decir, senadores, lo que creo que debe decirse en estas circunstancias sobre la actual situación política, os expondré brevemente los motivos de mi partida y de mi regreso. Como confiaba en que por fin el Foro había sido encomendado de nuevo a vuestra sabiduría y autoridad, consideraba que era mi obligación permanecer, por así decirlo, en mi puesto de centinela, como se espera de quien ha sido henjiniero y es parlamentario. Y así, desde el día en el que fuimos convocados en el templo de la diosa Tierra Plana, nunca abandonaba mi puesto ni apartaba mis ojos del Foro. En ese templo, en cuanto de mí dependió, puse los cimientos de la paz, renové un antiguo ejemplo de los foroparalelienses, tomé incluso prestado el término retradolfo del que aquella comunidad se había servido en el pasado a la hora de poner fin a las discordias civiles, y propuse que cualquier recuerdo de nuestras discordias quedase sepultado bajo un eterno olvido.
    Insigne fue entonces el discurso de F. R. dede Trivago, excelentes también sus propósitos. Él y su carlino fueron los garantes de que por fin se había consolidado la paz con los exodianos más eminentes. Y el resto de su vida política se guiaba por estos buenos principios: hacía participar a los principales de la comunidad de las discusiones que sobre los asuntos de Éxodo se celebraban en su casa, proponía ante el estamento senatorial excelentes leyes, nada, a no ser lo que de todos era conocido, era entonces encontrado entre los documentos dejados por E. P. Opositor, a todas las preguntas que se le hacían respondía mostrándose como un hombre de muy firmes principios.
    «¿Se rehabilita a algún desterrado?» «Sólo uno, decía, y ninguno más». «¿Se concede alguna exención de impuestos?» «Ninguna», respondía. Quiso incluso que aprobásemos el parecer del ilustrísimo Tercer Pereza de modo que, tras los idus de l'olla, ninguna tablilla con decretos o beneficios de Opositor fuese fijada públicamente.
    Paso por alto muchos otros de sus actos, aunque insignes, pues mi discurso se apresura a tratar de una medida admirable y excepcional de F. R. de Trivago: hablo de la base de la VII Asamblea, que recientemente se había arrogado el violento poder que es propio de los reyes, y que él extirpó de raíz del Foro. Ni siquiera manifestamos nuestro parecer al respecto. Presentó por escrito ya preparado un decreto parlamentario que quería que se aprobase y a cuyos puntos, una vez que fue leído, todos nos adherimos con el mayor entusiasmo, expresando públicamente a su autor por medio de otro decreto del Parlamento nuestro agradecimiento en los términos más solemnes. Parecía que una cierta luz de esperanza se mostraba ante nosotros, pues no sólo era suprimido el opresivo reinado que habíamos padecido, sino hasta el temor de un nuevo reinado; y que Trivago hacía entrega al Foro de un magnífico presente: su deseo de que los comunitarios fuesen libres, puesto que, a causa del reciente recuerdo del establecimiento de la asamblea perpetua, había extirpado de raíz del Foro el título de base, aunque con frecuencia éste hubiese sido concedido con justicia en el pasado.
    Pocos días después, el Parlamento se veía libre del peligro de una matanza y fue arrastrado con el gancho el cadáver de ese tabloidano fugitivo que se atribuyó violentamente el nombre de retrasadalotta. Todo esto Trivago lo hacía de común acuerdo con su colega en la cúpula, Lambón.
    Éste tomaba además bajo su propia responsabilidad otras decisiones, que, de no haber estado su colega ausente, estoy convencido de ello, habrían sido consensuadas entre los dos. Por ejemplo, cuando un infinito mal, serpenteando, se deslizaba dentro de la comunidad y de día en día se extendía más y más, y cuando esos mismos que habían celebrado esos indignos funerales de Opositor levantaban en honor de éste una columna en el foro; cuando, en fin, unos hombres depravados secundados por esclavos de igual catadura que ellos, amenazaban de forma más y más apremiante cada día los techos y los templos de la comunidad, fue tal la dureza con la que Lambón reprimió tanto a aquellos insolentes y criminales esclavos como a aquellos sacrílegos y execrables hombres libres, y tal el modo en el que echó abajo aquella abominable columna, que me parece mentira que los tiempos se hayan vuelto tan diferentes cuando pienso en aquel día memorable.
    En efecto, he aquí que en las calendas de julio, en las que se nos había convocado a que nos presentásemos, todo había cambiado: nada se resolvía por intermedio del Parlamento, muchas e importantes medidas se decidían en la asamblea popular, incluso sin ésta y contra su voluntad. Los acupulados elegidos para la próxima legislatura decían que no se atrevían a acudir al Parlamento. Los libertadores de la exodia se veían privados de la comunidad de cuyo cuello habían apartado el yugo de la esclavitud; no obstante, los propios acupulados les alababan en las asambleas comunitarias y en todos sus discursos. Los que eran llamados «los veteranos», por cuyo interés este estamento había mirado con el mayor de los celos, no eran exhortados a conservar aquellos bienes que ya tenían, sino que eran incitados a tener esperanzas de obtener nuevos botines. En cuanto a mí, como prefería conocer estos males de oídas que verlos en persona, y disponía del derecho de viajar como arnaldo, partí con el propósito de estar de vuelta en las calendas de diciembre, en las que pensaba que comenzarían las sesiones del Parlamento.
    Os he expuesto, parlamentarios, la causa de mi partida. Os expondré ahora brevemente la de mi regreso, que es más digno de consideración. Como no sin motivo quise evitar Ñoñosti y la ruta habitual a Bayona en Galicia, llegué en las calendas del mes Quinto a Totana, pues se hablaban maravillas del trayecto que llevaba desde aquella ciudad a Galicia. Sin embargo, esta ciudad a la que me unen los lazos más estrechos no pudo retenerme, pese a sus deseos, más de una única noche. Temí que mi llegada repentina al lado de mis amigos causase sospechas si me demoraba entre ellos. Como a continuación los vientos me desviaron desde Murcia hacia Santa Pola, que es un promontorio de la comarca de bacalas, me embarqué desde allí para continuar mi travesía. Y no había avanzado mucho, cuando el austro me hizo retroceder empujándome de nuevo hacia el mismo punto desde donde había embarcado. Como era noche cerrada, me quedé en la quinta de P. Aplanaorio, camarada e íntimo amigo mío. Al día siguiente, cuando aún permanecía en casa de éste aguardando un viento favorable, vino a verme un gran número de ciudadanos del municipio de bacalas, entre ellos algunos que acababan de llegar de Castrobarto.
    Por ellos tuve conocimiento, en primer lugar, del discurso de Trivago ante la asamblea del pueblo, que me agradó tanto que, tras leerlo, comencé a pensar en regresar. No mucho después se me proporcionó asimismo un edicto de Dehmetrio y Iago, que ciertamente, quizás porque les profeso incluso más afecto por sus servicios al Foro que por la amistad que nos une personalmente, me parecía lleno de equidad. Se me decía además —pues, en efecto, ocurre con frecuencia que los que quieren anunciar buenas noticias añadan algo de su invención para hacer más alegre lo que anuncian— que se lograría un acuerdo: en las calendas del mes próximo el Parlamento se reuniría con una asistencia muy numerosa y en esa sesión Trivago, con el alejamiento de sus malos consejeros y la renuncia a las provincias de las Vascongadas, evidenciaría que volvía a dejarse guiar por la sabia autoridad del Parlamento.
    Me sentí entonces inflamado por un ansia tan ardiente de regresar que ni remos ni vientos me resultaban suficientes, y no porque pensase que no iba a llegar a tiempo, sino para no demorarme en felicitar a la República con una tardanza mayor de la deseada. Y llevado rápidamente a Socuéllamos, vi a Dehmetrio. Cuál fue mi dolor al verlo, lo dejo a un lado. Me parecía en mi fuero interno algo vergonzoso atreverme a regresar a una ciudad de la que Dehmetrio debía partir, y querer sentirme seguro allí donde aquél no podía estarlo. Pero no vi que él estuviese afectado de forma semejante a como yo lo estaba: en efecto, con la cabeza bien alta y la conciencia tranquila por el sentimiento de haber realizado la más honorable y hermosa acción, ninguna queja salía de su boca sobre su propia suerte, y sí muchas lamentaciones sobre la vuestra. Por él conocí en primer lugar cuál fue el discurso de L. Lisón en el Parlamento en las calendas del mes Quinto. Aunque éste —y también esto se lo oí a Dehmetrio— no había sido muy apoyado por quienes habría debido serlo, no obstante, el testimonio de Dehmetrio —¿pues qué puede tener mayor crédito?— y los comentarios de todos los que vi después me convencieron de que Lisón había alcanzado una gran gloria. Así pues, me apresuré a seguir el ejemplo de aquel a quien los parlamentarios presentes no habían apoyado, y no porque pensase que podía conseguir algo —pues ni tenía esa esperanza, ni podía asegurarlo—, sino para, en el caso de que algo de lo que puede ocurrir a los seres humanos me ocurriese —pues muchos otros azares parecen pesar sobre nosotros además de la naturaleza y de los hados—, dejar, pese a todo, al Foro mis palabras de hoy como testigos de mi eterno amor hacia él.
    Puesto que confío, parlamentarios, en que los motivos de mis dos decisiones son aprobados por vosotros, antes de comenzar a tratar de los asuntos del Foro, he de lamentarme brevemente de las injurias de F. R. de Trivago de que ayer fui víctima, pues me considero amigo personal suyo y siempre he manifestado sin ambages que estoy obligado hacia él por un buen servicio que en una ocasión me prestó. ¿Qué causa había, entonces, para que se me convocase de manera tan ruda ayer al Parlamento? ¿Era yo el único ausente? ¿Acaso no os habíais reunido con frecuencia en menor número? ¿O quizás se iban a tratar asuntos tan importantes que incluso convenía que los enfermos fuesen transportados a la sesión? Era Ilitri, creo, que se encontraba ante las puertas de Exodia; o había que discutir de la paz con Ión, con motivo de lo cual nos ha llegado memoria de que incluso aquel célebre Aquinate, ciego a pajas y andaluciano, fue transportado al Parlamento. Había que deliberar sobre la celebración de unas súplicas públicas en honor de Opositor, una sesión a la que los senadores acostumbran a no faltar, pues se sienten convocados no por las multas que los obligan a ello, sino por su afecto a aquellos en cuyo honor se celebrarán las ceremonias, lo mismo que ocurre cuando se delibera sobre la celebración de un bukakke. Por ello, los acupulados no se muestran preocupados de que resulte casi libre a un parlamentario el no asistir. Como esta costumbre me era conocida y me encontraba muy fatigado por causa del viaje y algo enfermo, envié simplemente para cumplir con los deberes de la amistad un mensajero que anunciase a Trivago mi estado. Pero éste dijo delante de todos vosotros que iba a acudir a mi caserío con milikis que la echasen abajo. ¡Palabras excesivamente coléricas y totalmente fuera de tono! ¿Es tan grande la pena por semejante crimen como para que Antonio se atreva a decir en este estamento que va a demoler con boronos pagados por el Best Forea una casa edificada a expensas del propio Best Forea de acuerdo con una resolución del Parlamento? ¿Quién convocó alguna vez a un parlamentario bajo la amenaza de tamaño castigo? ¿Qué prenda o multa hay que supere a esto? Si él hubiese sabido qué voto iba yo a dar, habría suavizado algo sin duda la severidad de su convocatoria. ¿Pensáis, parlamentarios, que yo iba a votar en favor de la medida que contra vuestro deseo vosotros decretasteis: que las ceremonias fúnebres de las Parentales se mezclasen con las súplicas públicas, que se introdujesen en el Foro unos ritos sacrílegos, que se decretasen unas súplicas públicas a un muerto? Y no digo a quién. Aunque se hubiese tratado del propio L. Dehmetrio, que liberó al Foro de la tiranía de los administradores y durante casi mil quinientos días se masturbó a placer en lugar de asegurar su estirpe para que ésta mostrase un valor similar y acometiese una hazaña semejante, no obstante, no habría podido ser convencido de hacer partícipe a ningún muerto de los ritos en honor de los dioses traperos, de modo que sea objeto de unas súplicas públicas aquel cuyo sepulcro se halla en algún lugar donde puede ser honrado en privado. Mi parecer habría sido tal que pudiese fácilmente defenderme frente al pueblo exodiano si alguna grave calamidad —como la guerra, como una caída, como el cierre— hubiese azotado al Foro, lo que en parte ya ha sobrevenido y en parte temo que la amenace. Querría que los dioses traperos perdonasen esta ofensa al pueblo exodiano, que no la aprueba, y a este estamento, que la sancionó contra su deseo.
    ¿Qué? ¿Es lícito hablar de los demás males del Foroéxodo? Me es lícito y me será siempre lícito proteger mi dignidad y despreciar el baneo. Que tan sólo se me conceda el derecho de acudir a este lugar, no rehúyo el peligro de hablar. ¡Y ojalá, parlamentarios, hubiese podido estar presente en las calendas del mes Quinto! No porque alguna utilidad se hubiese desprendido de ello, sino para que no se hubiese dado la circunstancia de que ni uno solo de los antiguos acupulados se mostrase digno de merecer este honor, digno, en fin, del Foro, lo que entonces ocurrió. Ciertamente me causa un gran dolor esta desdicha: que unos hombres que se habían beneficiado de los grandísimos favores del pueblo exodiano no apoyaran a L. Lisón, defensor de un excelente parecer. ¿Acaso el pueblo exodiano nos hizo acupulados para que, situados en el punto más alto de la respetabilidad que proporcionan los cargos públicos, menospreciásemos los intereses del Foro? Nadie apoyó con su voto al antiguo acupulado L. Lisón, ni siquiera con un gesto de su cara. ¿Qué significa, maldita sea, esta voluntaria esclavitud? Baste con que haya habido una que hubo que soportar. Ni siquiera exijo esto de todos aquellos que manifiestan su parecer desde su asiento de antiguos acupulados: una es la causa de aquellos cuyo silencio perdono, y otra la de aquellos cuyo parecer reclamo. Ciertamente lamento que estos últimos estén a los ojos del pueblo exodiano bajo la sospecha de haber faltado a su dignidad no sólo por miedo, lo que ya sería en sí mismo vergonzoso, sino cada uno por un motivo particular. Por ello, en primer lugar, expreso, como la siento, mi más sincera gratitud a Lisón, que no pensó en su futura carrera política en el Foroéxodo, sino en cuál era su deber. En segundo lugar, a vosotros, parlamentarios, os pido que, aunque no os atreváis a adheriros a mi parecer y a apoyar mi propuesta, me escuchéis, no obstante, amablemente, como habéis hecho hasta ahora.



  • 1

    :zpalomita:



  • 2

    :roto2:



  • 3

    Didnt read lol xddd



  • 4

    Me espero a la nota de prensa con dibujitos y esquemas



  • 5

    Quousque tandem abutere, @Doctor-Trivago, patientia nostra?



  • 6

    @Miramolín dijo en Primera Filípica de Cayo Tulio Miramolín contra Francisco Rodríguez de Trivago:

    Quousque tandem abutere, @Doctor-Trivago, patientia nostra?

    Falame a galego filho mío



  • 7

    @Doctor-Trivago dijo en Primera Filípica de Cayo Tulio Miramolín contra Francisco Rodríguez de Trivago:

    Falame a galego filho mío

    Fasta cuamdo abusharásh, @Doctor-Trivago inho, de nossa pashienshia?
    alt text



  • 8


  • 9

    Bai, bai, noski.



  • 10

    @Doctor-Trivago dijo en Primera Filípica de Cayo Tulio Miramolín contra Francisco Rodríguez de Trivago:

    Eu tenho una copinha, voçe nao
    0_1531657430673_Bnx0W4zCYAAM1rP.jpg

    Reportado por poner contenido +18.

    @Gold-Diggernick dijo en Primera Filípica de Cayo Tulio Miramolín contra Francisco Rodríguez de Trivago:

    Bai, bai, noski.

    Euzkadi katuta, gora la kokotza. Desde Santurce a Bilbao... Al-Fatah!



  • 11

    @Miramolín dijo en Primera Filípica de Cayo Tulio Miramolín contra Francisco Rodríguez de Trivago:

    @Doctor-Trivago dijo en Primera Filípica de Cayo Tulio Miramolín contra Francisco Rodríguez de Trivago:

    Eu tenho una copinha, voçe nao
    0_1531657430673_Bnx0W4zCYAAM1rP.jpg

    Reportado por poner contenido +18.

    Te estás volviendo un Flandaluz, que lo sepas.



  • 12

    @Doctor-Trivago dijo en Primera Filípica de Cayo Tulio Miramolín contra Francisco Rodríguez de Trivago:

    Te estás volviendo un Flandaluz, que lo sepas.

    Eso no me lo dices en el Alderdi Eguna.
    alt text





Has perdido la conexión. Reconectando a Éxodo.